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Blog de Gilda Santana

MI AMIGO LARRAURI


Mi amigo Larrauri apareció en mi vida a la una de la madrugada del viernes 5 de abril de 2002. Lo recuerdo con exactitud porque esa noche habíamos comenzado GH 3. Yo, como siempre, iba a ocuparme de los programas diarios. Dos días antes, sin embargo, me habían comunicado que ese año sería diferente: se trataba de hacer dos resúmenes, el primero, de 30 minutos, iría al aire cada noche presentado en directo por Paula Vázquez desde un plató de Tele 5; el segundo sería una versión 15 minutos más larga y se emitiría al día siguiente en sobremesa. La primera propuesta que me hizo la productora ejecutiva fue que montara primero el de 30 minutos y luego hiciera un bloque de 15 para agregar al día siguiente. Lo pensé un momento, me di cuenta de que si lo hacía de esa manera esos 15 minutos se convertirían en un relleno, y le propuse hacerlo a la inversa: resumiría lo más importante de las 24 horas en la versión larga y luego suprimiría las transiciones y detalles que podría explicar la presentadora. “Como tú lo veas” me dijo, “de todas maneras vamos a tener un realizador en exclusiva para los diarios así que te pones de acuerdo con él”. Y ahí terminó nuestra conversación. No recuerdo si pregunté el nombre del realizador pero en todo caso, si lo hice, lo olvidé hasta dos noches más tarde, cuando llegué a Guadalix después de haber visto la gala de entradas desde el sofá de casa, y me encontré a aquel hombretón sentado en el AVID 2. “¿Cómo te llamas?”, le pregunté. “Larrauri”, me dijo. Yo, que me creí incapaz de recordar ese apellido que escuchaba por primera vez, le solté “¿Y una versión más sencillita como para una cubana?”. “José Luis”, me respondió con una sonrisa. Y nos sentamos pared por medio, cada uno en un AVID, a hacer las dos versiones del primer resumen que se emitiría en unas horas.

A partir de ahí me tocó verme la cara con Larrauri cada día. Como la primera emisión del resumen no iba hasta la noche, yo entraba a trabajar a las seis de la mañana. Sobre las once llegaba Larrauri, José Luis para mí. Recuerdo que la primera semana apenas hablamos. Yo hacía la versión larga y le dejaba marcados en el timeline las cosas que podía quitar, sin afectar la comprensión del resumen, para llevarla a 30 minutos. Mientras yo terminaba de montar con mi editor, él se sentaba en silencio a mi lado y leía la base de datos de todo lo ocurrido en las 24 horas y luego se iba a Control a enterarse de lo que estaba pasando o se reunía con el equipo de pruebas para interesarse por la Tarea o se ocupaba de controlar las entradillas que se le estaban escribiendo a Paula. Sobre las tres de la tarde, cuando yo salía, él se sentaba en mi puesto, veía el resumen de 45 minutos, le quitaba lo que yo había marcado como prescindible y alguna otra cosa que hiciera falta quitar hasta llevarlo a la duración definitiva, subtitulaba, hacía los cebos para el pase a publi, decidía dónde se harían los cortes para las entradillas de la presentadora, ponía transiciones y faldones, volvía a ajustar el tiempo del programa si de la cadena le llamaban pidiéndole unos minutos más o menos y, ya por la noche, se iba a Tele 5 a dirigir en directo la emisión.

No sé si él lo sabía o lo intuyó nada más conocerme, pero para mi cada resumen de Gran Hermano era sagrado. Como desde GH 1 me había quedado claro que la selección y el montaje de los contenidos eran mi responsabilidad, cada día le dediqué al resumen todo el tiempo, el rigor y el cariño que hicieron falta hasta conseguir un programa fluido y comprensible, el programa que a mi me hubiera gustado ver como espectadora. Era como escribir un cuento cada vez, cuidando cada palabra, cada letra, cada signo de puntuación. Quizás por eso sentía cada resumen como algo muy personal y lo hubiera defendido como a mi hijo si hubiera hecho falta. Lo cierto es que alguien debió decírselo a José Luis, porque él adoptó la costumbre de llamarme para contarme cada decisión que tomaba por pequeña que fuera. Entonces yo no sabía nada de su experiencia en series de ficción, ni de su enorme talento, ni de su inconmensurable sentido común, pero a las dos semanas de conocernos le dije que no hacía falta que me contara todo. Aunque él insistía en explicarme cada cambio que hacía, cuando yo me sentaba cada noche a ver el programa era incapaz de notar esos cambios, y las pocas veces que los detecté fue como si esas decisiones las hubiera tomado yo misma. Habíamos conseguido, apenas sin hablar, un lenguaje común y una sintonía y una confianza absolutas.

Según pasaban los días en aquella edición, verle aparecer por la puerta era una fiesta total. Llegaba con su sonrisa enorme y me preguntaba por los contenidos con la fruición con la que un fan indaga hasta el último detalle de su serie favorita. Yo me acostumbré a guardar aquello que era curioso o me hacía gracia pero que no cabía en el programa, y le mostraba esos descartes y contestaba a sus preguntas y le contaba la última movida de Kiko con Patricia, los “lleva y trae” de media casa o el mosqueo de Óscar por el secuestro del conejito de peluche, y él se reía y comentábamos y hacíamos previsiones de nominación, y por un rato hasta nos olvidábamos de que estábamos trabajando. Supongo que fue entonces, en el disfrute compartido en aquellos minutos que eran nuestro recreo personal en medio de un programa que nos encantaba a ambos, que comenzó el largo y lento proceso de hacernos amigos, que nos ha unido, a nosotros y a nuestras familias, hasta hoy.

Cuando en los primeros días de septiembre de 2004 estábamos preparando el comienzo de GH 6, Larrauri vino a decirme, antes de que me enterara por otro, que no estaría más en el diario. Le habían hecho director de realización de Guadalix, lo cual significaba que de ahí en adelante sería el responsable de cámaras, realizadores, CCU y todo lo relacionado con sonido y edición, y que se encargaría de realizar las galas y “La vida en directo”. Le di un abrazo y le dije que lo sentía por mí, pero que me alegraba por él y por el programa. Aunque la gente no lo sabe, pocas cosas hay tan difíciles de realizar como una gala de un reality. Y no se trata solo del directo ni de lo dificultoso del trabajo conjunto entre la realización, la dirección de la casa, la producción, la dirección de la gala, y los otros dos puntos de Control (el del camión que realiza lo que ocurre en las afueras de la casa y el del Control de la cadena donde se realiza el plató y se hace la mezcla definitiva) que ya he explicado en el libro. Se trata además de lo complicada que resulta la realización en un género que descansa en buena medida en la espontaneidad e improvisación de sus participantes. Un trabajo que depende de que el director de realización de la casa tenga el olfato, el temple, el tino y la capacidad de reacción para dirigir a ese equipo responsable de cada imagen que se lanza desde Guadalix.

Pero si todo esto fuera poco, Larrauri, Jose (con el tiempo) para mí, tiene la enorme y envidiable capacidad de ver cada detalle del árbol sin dejar de ver el bosque. A él todo le importa, participa de la preparación de cada edición, propone cambios en el formato, se implica en cada una de las cosas que ocurren en la casa y en el equipo,  sigue los contenidos como el mejor de los guionistas, se interesa por las Tareas, se relaciona con todos los departamentos y, con toda generosidad va, hasta el último día, regalando ideas que le brotan por todas partes. Porque Larrauri, Larri para mis compañeros, siempre tiene algo que decir. Y todo el mundo lo escucha y lo respeta y lo quiere.

Este jueves 19, cuando empezó GH 12+1 yo, como de costumbre, no quité los ojos de la pantalla. Sabía, porque él me lo había contado dos días antes, que Larrauri tenía por delante una gala compleja en la que debía hilar al segundo, con sus 61 cámaras, la difícil entrada de concursantes. Y aunque también lo sabía escoltado por un equipo excelente, blindado por un guion elaborado con mimo por Alvarito, Lola y Juan, acompañado por nuestro querido Floren en la dirección de la casa, y arropado por Rafa, el mejor productor que alguien puede desear, quería confirmarle, cuando me llamara tras “La vida en directo” (a la que entre nosotros llamamos “La hora de Larri”) que todo había estado bien. Y así fue. Porque ese hombre de televisión por los cuatro costados, ese vasco tan tímido a pesar de su aspecto y su voz imponentes, ese amigo inmenso que la vida me regaló, estaba en Guadalix haciendo lo que mejor sabe hacer: buena televisión.

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MI OTRO GRAN HERMANO (Colombia. Parte 3 y final)

Los concursantes de GH Colombia al momento de entrar a la casa

GRAN HERMANO EN COLOMBIA (Parte 3 y final)

Una de las variaciones que se hicieron al programa Gran Hermano en España tuvo que ver precisamente con el tratamiento de los contenidos fijos. Mientras en el resumen diario de Holanda, según escaleta, había siempre un segmento dedicado a la Tarea Semanal, nosotros decidimos, desde la primera edición, que la Tarea sólo se incluiría si durante la misma ocurría algún hecho importante. En Colombia, en cambio, hay prácticamente una actividad por día, cuya dinámica, desarrollo y resolución hay que contar, y cuya presencia obligada en el resumen exige que se queden fuera muchos elementos de la vida cotidiana y de las relaciones entre los participantes que son, a mi juicio, los que hacen que el espectador se identifique con el concursante como personaje.

No quiero decir con esto que la narrativa que usamos en los resúmenes de España sea mejor o peor que aquella que busca hechos puntuales sin la intención de relacionarlos. Supongo que es cuestión de gustos, de necesidades y de resultado del método de trabajo. De hecho el planteamiento de la narrativa de GH en Colombia es mucho más parecido al propuesto por el formato original holandés, y se sigue usando en muchos de los países donde se hace el programa. Pero sí quiero destacar que las dos formas radicalmente opuestas de tratar los contenidos condicionan a su vez dos maneras diferentes de relacionarse con el espectador. Mientras una interrelaciona los acontecimientos en una dinámica de causa-efecto, teje en tramas con presentación, desarrollo y desenlace lo ocurrido cada día, y se interesa fundamentalmente en las relaciones humanas (con lo que busca -y consigue- el punto de identificación del espectador con los concursantes y sus historias), la otra prioriza los contenidos fijos determinados por escaleta, fragmenta la narración en pequeños bloques cerrados e independientes, cuyo único hilo conductor son los rótulos o las entradillas del presentador, sacrifica muchos de los segmentos de la vida cotidiana y reduce la comunicación con el espectador prácticamente a la que generaría cualquier concurso de conocimientos o habilidades.

La otra gran diferencia de Gran Hermano en Colombia con el nuestro, está en las galas de nominación y expulsión. Como Caracol no está interesado en que los programas de miércoles y domingos tengan un perfil y una duración diferentes a los de todos los días, las galas no llevan vídeos para resumir los acontecimientos de la semana, sino que se limitan a la emisión del resumen diario al que se le agregan unos minutos de directo para la nominación o expulsión. Como encima las dificultades provocadas por el conflicto armado y las enormes distancias entre ciudades hacen difíciles los desplazamientos por tierra y hay que recurrir al avión para viajar con seguridad, la producción no puede permitirse tener en plató a los expulsados anteriores ni a los familiares de todos los que están en la casa, y tienen que conformarse con la presencia de un familiar de cada uno de los dos nominados, por lo que el programa de expulsiones se reduce a un breve intercambio de opiniones de ambos con el presentador, la comunicación de la expulsión y la entrevista al expulsado.

El planteamiento de la cobertura por parte de la cadena también es muy diferente en Colombia. Aunque en el programa de la mañana, que curiosamente también se llama Día a Día, se habilita una sección dedicada al reality, ésta, aparte de una entrevista amable al expulsado el día siguiente a su salida, se limita a hacer un breve resumen verbal de lo que ocurre en el concurso o una conexión con el copresentador que avanza, desde el Control de la casa, alguno de los contenidos que se desarrollarán en el resumen de la noche. Los telediarios, que tienen una sección dedicada a TV y Farándula, también suelen dar “notas” sobre GH. Pero ni unos ni otros programas incluyen debates, ni alimentan polémica, ni generan estados de opinión, y el expulsado, una vez que sale de la casa, prácticamente desaparece. No sé si esta manera de enfocar el concurso y valorar las actitudes de los participantes es mejor o peor, porque ya alguna vez me he referido al doble filo que tienen la repercusión mediática de Gran Hermano y los juicios que sobre los concursantes se hacen en otros espacios, pero no dejo de reconocer la importancia de los mismos en el conocimiento y difusión del programa.

Por otra parte, si bien la narrativa de los diarios, el planteamiento de las galas y la cobertura por parte de la cadena son muy diferentes en ambos países, los contenidos y los perfiles de los concursantes son asombrosamente semejantes: líderes, graciosos, villanos, víctimas, historias de amor imposible, celos, rivalidades, tareas perdidas, escasez de comida y tabaco, y sexo entre una pareja desigual: ella, una mujer de procedencia muy humilde y madre soltera de dos hijos; él, un señorito de familia acomodada. Ella, Mónica Tejón, una mujer luchadora que la mayor parte del tiempo hizo de madre de todos, se enfrentó a las tareas sin achicarse y sufrió por amor, fue la ganadora del concurso a pesar de las opiniones que censuraron su comportamiento sexual que, a fin de cuentas, no era sino la necesidad de vivir un amor a todas luces imposible una vez que saliera de la casa.

Aunque pocas veces Gran Hermano derrotó a Protagonistas de novela, la pelea fue cruenta y Caracol admitió que “las cifras estuvieron dentro del promedio” que se habían fijado. Desafortunadamente, yo tuve que volver a España cuando el programa aún no había terminado, porque nuestro GH 5 estaba por comenzar, y no estuve allí para ver ganar a Mónica, ni para ver a la famosa actriz Amparo Grisales cuando aceptó pasar tres días viviendo en la casa, ni al Presidente Álvaro Uribe cuando llegó de repente, la noche del 3 de octubre, a las instalaciones de RTI y pidió entrar al salón de la casa para compartir un café con los concursantes y agradecerles que hubieran difundido, mediante la Tarea, un referendo sobre un recorte de gastos y reformas políticas propuesto por su gobierno. Ya me hubiera gustado. En cualquier caso, me llevé de Colombia dos cosas: el sabor amargo de ver cómo las exigencias de competir con otro reality obligaron a desvirtuar un formato tan sólido como el de Gran Hermano; y el regalo de haber trabajado codo a codo con unos editores extraordinarios formados todos en el montaje de cientos de horas de telenovela; con una infraestructura técnica superior a la que teníamos en España; con mi querido Juan Maldonado, un lujo de persona y de productor ejecutivo, y con un equipo de gente maravillosa y absolutamente capacitada, que se empeñaba en sacar adelante, con entrega y dedicación, y sin perder la ternura ni el optimismo, un programa que, a pesar de haberse visto obligado a renunciar a su esencia, batalló día a día en una competencia feroz.

  • De hecho nunca volvió a hacerse GH en Colombia. Lo que hicieron, en 2005, fue el Gran Hermano del Pacífico, donde compitieron concursantes de Chile, Ecuador y Perú. Aunque este programa se hacía desde la casa y con el equipo de GH Colombia, sólo se emitía en los tres países participantes.

MI OTRO GRAN HERMANO (COLOMBIA. Parte 2)

En la casa de GH Colombia, con parte del equipo, un rato antes de la entrada de concursantes.

GRAN HERMANO EN COLOMBIA (Parte 2)

Las ventajas de tener la casa en la propia productora dentro de la ciudad de Bogotá eran que al estar en un plató de televisión ya contaba con toda la infraestructura de iluminación y sonido; que el personal podía trasladarse por sus propios medios; y que a producción se le facilitaba cualquier gestión. La otra ventaja era que el plató desde donde se hacían las galas estaba también en el edificio de la productora, con lo cual el expulsado salía por una puerta y entraba segundos después por otra. A pesar de la ubicación de la casa se consiguió mantener el aislamiento, porque el patio, la única zona abierta, sólo era visible desde una autopista situada a un nivel mucho más alto y donde los coches no podían detenerse.

Pero la dificultad más grande de Gran Hermano en Colombia no estuvo en lo laborioso de su casting abierto, ni en la ubicación y construcción de la casa, ni en el montaje técnico, ni en la preparación del equipo, sino en la competencia. Protagonistas de Novela que, tras una primera edición abundante en escenas subidas de tono produjo un fenómeno de opinión que arrastró a millones de espectadores, está por iniciar su segunda temporada con un público fiel y unas expectativas muy altas, y la carrera por la audiencia, en la que ellos cuentan además con la ventaja de ir al aire con un mes de antelación, condiciona un rediseño del formato de GH en Colombia.

Como la dinámica de Protagonistas de novela es que cada día se produce un acontecimiento puntual (un día se les asignan a los concursantes las escenas que deben representar, un día tienen el “cara a cara” en el que nominan por convivencia, otro día nominan los profesores por rendimiento académico, otro día salvan a uno de los nominados, otro someten las escenas a evaluación y otro expulsan), Caracol, que se ha reservado los derechos de decidir los contenidos de Gran Hermano, exige que en éste también haya un acontecimiento cada día y que cada semana se hagan dos galas, una de nominación (los miércoles) y otra de expulsión (los domingos). Como quieren, además, actividades que aseguren un tema fijo a desarrollar en el resumen diario, la Tarea Semanal se asigna un día y se resuelve 48 horas más tarde, y el resto de los días de la semana se desarrollan los Planes, que no son más que pequeñas pruebas cuya resolución se produce dentro de la misma jornada. En resumen, que más que en un concurso con amores, amistades, fobias, estrategias, alianzas, y una cadencia de nominaciones y expulsiones que permita a los concursantes interrelacionarse, y al público conocerlos y formarse una opinión acerca de ellos, la cadena está interesada en batir a Protagonistas de novela poniéndole enfrente un reality con una dinámica similar.

En todo caso, en un país de tan arraigada tradición de telenovela como Colombia, es fácil imaginar que un programa como Protagonistas de novela, donde muchas veces se mezclan los sentimientos y emociones de los concursantes con lo que les escriben los guionistas, es prácticamente un competidor imbatible para Gran Hermano.

  • En Protagonistas de novela los participantes deben ensayar y representar escenas de telenovelas escritas especialmente para ellos. Es fácil imaginar que en un grupo de jóvenes, donde florecen los romances, los celos y las rivalidades, muchas de las escenas representadas coincidían con lo que estaba ocurriendo con sus propias vidas, lo cual, por descontado, aumentaba considerablemente el interés de la audiencia. El otro gancho del programa era que, al tratarse de una academia de actuación, podían recibir continuamente la visita de estrellas de la televisión que iban a impartir clases magistrales o, simplemente, a dar una sorpresa a los concursantes.

Y por si aún le faltaba algo para su debut, en la calle y en la prensa empiezan las comparaciones en las que, frente a realities como Protagonistas de novela, Popstars o Expedición Robinson, donde los concursantes están obligados a hacer algo (superarse profesionalmente o sobrevivir), Gran Hermano se supone un programa aburrido donde “la gente no tiene nada que hacer”. Con este panorama, y cuando ya todo el país ha tenido un mes por delante para engancharse a la segunda edición de Protagonistas, vamos al aire, al fin, el domingo 27 de julio de 2003. Entre resúmenes y galas enfrentados cada noche en horario de prime time, la pelea es a muerte.

A pesar de que la entrada a la casa de los 16 concursantes es muy prometedora y sus perfiles mucho más variados que en los de cualquier edición del programa en Europa, siento que el desarrollo de las historias tarda mucho más en aparecer que en España. Aunque no me extraña para nada. Es fácil imaginar que en un grupo ocupado cada día en una tarea nueva, sin tiempo apenas para conocerse y relacionarse, y presionado por una nominación cada miércoles y una expulsión cada domingo, todo conspira para generar un ambiente trepidante que facilita poco o nada el flujo normal de la convivencia, y no ayuda a crear una atmosfera para que broten y se desarrollen sentimientos y relaciones personales que es, en definitiva, lo más atractivo de un programa como Gran Hermano y justamente lo que lo diferencia de los realities de supervivencia o formación artística.

  • Debido a las enormes diferencias económicas y sociales en Latinoamérica, los perfiles de los concursantes son, por lo general, mucho más variados y sus biografías mucho más extremas que las de los participantes en cualquier país de Europa. Los concursantes de GH Colombia no sólo venían de entornos muy diferentes en cuanto a economía y formación cultural, sino que algunos arrastraban detrás de sí desde pérdidas de familiares a manos de la guerrilla, hasta abandonos parentales a causa de la drogodependencia o historias de prostitución infantil condicionadas por la extrema pobreza.

La otra peculiaridad de GH en Colombia viene dada por el sistema de trabajo. Mientras aquí tenemos al final del día, agrupadas en un solo AVID, entre seis y ocho horas en bruto de lo mejor de la jornada que nos permiten valorar todo lo ocurrido, seleccionar lo más importante e interrelacionar las tramas en la narración del resumen, en Colombia se trabaja con un sistema completamente distinto. En Control, además de los redactores que se ocupan de anotar en la base de datos lo que ocurre, está un guionista que es quien decide qué acontecimientos son los que se graban. Tras cuatro horas, este guionista se va a su otro puesto de trabajo, el Meta Creator (un sistema importado de Holanda) y edita pequeños vídeos con temas cerrados de lo que ha visto en las cuatro horas en Control. Estos vídeos más tarde son importados por uno de los tres AVID, donde los editores los terminan a su criterio, los musicalizan, y los envían a un cuarto AVID donde se hará el programa final. El encargado de hacer mi trabajo, que en Colombia se llama Director de contenidos, recibe todos esos vídeos acerca de temas diferentes, pre editados por varios guionistas y retocados por varios editores, decide cuáles de ellos formarán parte del resumen final y le encarga a su editor que los lleve a la duración definitiva y los coloque en el orden que él decida.

La ventaja de este sistema de trabajo es, por supuesto, que el montaje definitivo del programa diario se hace en la cuarta o quinta parte del tiempo que lleva hacerlo en España, porque ya no se trata de ver horas y horas de material bruto en busca de lo más importante y montarlo en una estructura narrativa semejante a una ficción, sino de visionar alrededor de una hora de vídeos independientes ya montados, decidir cuáles van al resumen, a qué duración se reducen y en qué orden se muestran. El inconveniente es que como cada guionista hace su selección a partir de sólo cuatro horas de visionado en Control y, elegidos los acontecimientos puntuales de esas cuatro horas (una pelea, la resolución de una prueba, una conversación aislada) se tiene que limitar a editar, con cada uno de ellos, vídeos de contenido cerrado, el resumen diario se convierte en una suma de varias cápsulas hechas por distintas personas con criterios, estéticas y ritmos narrativos diferentes y con contenidos estancos como las secciones de un noticiero televisivo.

CONTINUARÁ

MI OTRO GRAN HERMANO

Cuando escribí el libro sobre Gran Hermano, le dediqué un pequeño capítulo a la versión colombiana, en la que también participé. Entre los muchos recortes que me vi obligada a hacerle a mi texto, que sobrepasaba las 500 páginas, tuve que renunciar a ese capítulo. Aquí lo recupero en una versión bloguera como un pequeño homenaje a una experiencia que nunca agradeceré bastante.

GRAN HERMANO EN COLOMBIA (Parte 1)

El azar, un amigo y una llamada telefónica, me llevaron al Gran Hermano de Colombia. Juan Maldonado, vicepresidente de RTI (una productora de televisión con larga experiencia en telenovelas) y productor ejecutivo del GH colombiano, me llamó la tarde del 2 de junio de 2003, me dijo que acababa de comprar el formato para producirlo en Colombia, que antes de hacerlo había estado viendo galas y resúmenes de varios países del mundo, que le gustaban mucho los de España, que Gabriel Blanco, un amigo común, le había hablado de mí y que me quería allí. Tras unos trámites rocambolescos para conseguir un visado, aterricé en el Aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, el miércoles 11 de junio, para unirme a la productora RTI y a la cadena Caracol en la aventura de echar a andar el primer Gran Hermano colombiano.

Mi primera sorpresa al llegar es que, a diferencia de España, donde GH fue el primer programa de realidad, en Colombia ya todo el mundo habla de realities con gran familiaridad, porque Caracol TV y RCN, las dos grandes cadenas en la disputa de audiencias, cuya programación, como en la mayor parte de países de América Latina, descansa en las telenovelas, han decidido hace un par de años apostar también por los nuevos formatos. La primera en arriesgarse fue Caracol, que en 2001 programó Expedición Robinson (Supervivientes), que se convirtió en un gran éxito. En 2002 RCN estrena Protagonistas de novela, en el horario diario de prime time, históricamente reservado a las telenovelas, y también arrasa con las audiencias.

  • Protagonistas de novela es un reality en el que los concursantes conviven mientras reciben una preparación para convertirse en actores. Producida por Promofilm, productora audiovisual argentina perteneciente al holding español Grupo Árbol, la primera edición colombiana de este programa se hizo en Estados Unidos, con la infraestructura de Telemundo de Miami. La segunda, que se emitió al mismo tiempo que GH, se hacía desde Argentina. Esta distancia entre el país donde se producía el programa y el país que lo emitía, obligaba a que las galas de expulsión constaran de dos partes en dos noches consecutivas: una primera donde el expulsado salía de la casa-estudio, y una segunda, al día siguiente, cuando era entrevistado por el presentador en el plató de Colombia. Expedición Robinson, por su parte, fue también una coproducción con Promofilm, que ya había producido el programa para la televisión argentina en 2000. La primera vez que en Colombia se hizo un reality en su propio territorio y con equipo e infraestructuras 100% colombianos, fue precisamente en Gran Hermano.

Cuando RTI compra Gran Hermano, ya el espectador colombiano ha visto dos ediciones de Expedición Robinson (2001 y 2002), una de Protagonistas de novela (2002), otra de Popstars (2002) y está disfrutando, en City TV y Canal 1, de otros formatos locales de programas de realidad, mucho más baratos y sencillos de producir. La fiebre por el reality en Colombia es tal, que ha terminado por contagiar hasta a la telenovela. Pecados capitales, de Felipe Salamanca y Dago García, emitida por Caracol desde 2002, narra la historia de una familia heterogénea y mal llevada que, después de ser convocada por un tío millonario, descubre que para recibir la herencia de éste, presuntamente muerto en las últimas horas, debe convivir durante un año en la mansión de su propiedad y someterse a todos los juegos y pruebas que el tío ha dejado dispuestos en su testamento, mientras él, sin que ellos lo sepan, les observa desde su nueva identidad de jardinero y mueve los hilos a su antojo. En pocas palabras: un Gran Hermano de ficción en el que, desde un guion de telenovela se parodia a los programas de realidad.

En medio de este panorama, donde el concurso no es percibido ni como novedad ni como escándalo, el Canal Caracol centra su campaña de promoción en el lema “Un reality donde lo que importa es la personalidad” y no establece, en principio, ninguna limitante de edad o condición física o mental para acceder al casting. Si ya la convocatoria a los programas donde se requería de ciertas habilidades para cantar o actuar, o ciertas condiciones físicas para sobrevivir, habían provocado verdaderas avalanchas de aspirantes, es fácil imaginar la que se produjo en las seis ciudades de la geografía colombiana donde se convocaron los castings de Gran Hermano y donde el equipo no daba abasto para atender, entrevistar y grabar a todos los aspirantes.

  • La ausencia de requisitos para acceder al casting en Colombia, sumada a la percepción que provocó el slogan “lo que importa es la personalidad”, hizo que se presentaran incluso ancianos con problemas de salud, personas gravemente enfermas, ex convictos y hasta algunos que dijeron querer encerrarse durante tres meses para superar problemas de adicción a las drogas. Al final el grupo elegido resultó ser de 16 jóvenes muy parecidos a los de la mayoría de los GH en el mundo, cuya salud física y mental debieron demostrar ante pruebas médicas y sicológicas. De todas maneras, eso no impidió que una de las concursantes, presa de la desesperación a causa de un despecho, hiciera un intento de suicidio que provocó su salida de la casa.

También a diferencia de España, donde se ha intentado mantener el aislamiento de los concursantes con la ubicación de la casa en una zona apartada, RTI decide aprovechar uno de los platós de telenovelas que tiene en los bajos de la propia productora para montar la casa del concurso, y compra las tres viviendas vecinas, tira una parte de las mismas para hacer el patio de la casa y remodela las habitaciones próximas a la calle para ubicar allí el Control de realización y todas las zonas de trabajo del equipo. Desde allí, cuando tenía un  rato libre, me escapaba para ver a mi querido amigo Jorge Cao paseándose en su silla de ruedas y repitiendo aquello de “las pelotas del marrano”. Tan solo una pared me separaba del plató donde había comenzado, simultáneamente con GH, la grabación de la telenovela Pasión de Gavilanes.

CONTINUARÁ

UNA MALETA ROJA LLENA DE RECUERDOS

Ayer, cuando faltaban dos minutos para las cuatro de la tarde, llamó a mi puerta un mensajero para dejarme un sobre con el primer ejemplar de mi libro. En contra de todo lo que pensé que haría cuando llegara ese momento, abrí el sobre sin ansia, miré el libro y, sin hojearlo, lo puse encima de mi cama y me senté a compartir la noticia. Cuatro horas más tarde mi libro seguía allí sin que yo me dignara a mirarlo. No conseguía entender qué era lo que me incomodaba de su presencia hasta que abrí el armario. Allá arriba en lo alto, al alcance solo con ayuda de una escalera, estaba una maleta roja a la que hace unos años obligué a renunciar a su naturaleza para asignarle una función menos aventurera. Aunque su volumen y sobre todo su peso llegaron a ser un verdadero incordio, nunca me decidí a deshacerme de su contenido. Cada vez que he limpiado el armario, mi hijo, que se encarga de bajarla y subirla, me pregunta hasta cuándo. La última fue hace unos meses. El libro estaba en la editorial, así que ya no hacía falta conservar el contenido de mi maleta. Entonces gané un tiempo de prórroga prometiendo que tiraría todo cuando lo viera impreso al fin. Lo que me incomodaba ayer era que la llegada de mi libro había dejado sin sentido a mi maleta roja y sin excusas a mí.

Desde que comenzó Gran Hermano supe que alguna vez escribiría sobre el programa. Lo supe en realidad desde unos días antes de comenzar, cuando mi parte “profesora de guion” se puso en guardia y supuse que alguna vez habría que hablar de los primeros pasos del nuevo género y me puse a guardar información para “algún día” escribir sobre ello. Por eso le pedí a Carlos que se ocupara de grabarme todo lo que emitiéramos y archivé cuidadosamente lo que se publicó al respecto y los informes de audiencias. De Soto del Real me llevé lo que me faltaba: nuestras “bases de datos”, ese montón de páginas donde queda anotado cada día, minuto a minuto, lo que sucede dentro de la casa. Como teníamos prohibido sacar nada de allí, yo me llevaba cada mañana, doblada y camuflada en el doble fondo de un bolso, la “base” con la que había trabajado la noche antes. A pesar de que cada vez que ponía el bolso en el escáner de la puerta me sentía como una terrorista, nunca me descubrieron. Al día siguiente de la final fui a comer con Pilar, la productora ejecutiva, le conté que algún día escribiría este libro y le confesé el robo. Ella primero se echó las manos a la cabeza, luego se río, y, por último, me recomendó que lo hablara con José Velasco, entonces Consejero Delegado de Zeppelin. Lo hice dos años más tarde, cuando lo que había sido una idea era un plan y, aunque le entusiasmó mi propuesta, me pidió que esperara unos años para publicarlo. En 2003, después de GH 4, hice un primer intento de empezar. Entonces ya tenía claros el título y la estructura del libro, y me salieron del tirón las primeras 40 páginas. Una llamada de Colombia, donde me invitaban a trabajar en su primer Gran Hermano, me hizo abandonar temporalmente el proyecto.

Después vinieron tiempos complicados. Entre una y otra ediciones de GH, hicimos las dos VIP, La casa de tu vida y otros realities con mayor o menor fortuna. En 2006 pude ponerme a la faena. Para esa fecha, la cantidad de cintas de VHS era enorme y había tenido que “archivarlas” en la maleta roja. Cuando llegó el momento de visionar y leer edición a edición para empezar a escribir, saqué de mi trastero las cajas que contenían más de un metro cúbico de papel y bajé la maleta del armario. Permanecí encerrada durante meses viendo, leyendo y escribiendo. Luego me tuve que ir a Guadalix porque empezábamos de nuevo. Las cajas y la maleta volvieron a su sitio. En 2007 y 2008 repetí la ceremonia de sacar todo fuera para ver y escribir un poco más. Al fin en 2009, después de GH 10, pude ponerme al día con todo lo emitido. Esa última vez no hubo que bajar la maleta porque desde GH 8 tenía los programas en DVD. Se quedó allí en lo alto del armario y allí siguió mientras yo volvía a Guadalix para hacer los resúmenes del 11 y El Reencuentro y empezaba a preocuparme por conseguir un editor.

Cuando en abril de 2010 salí de Zeppelin, me puse a revisar todo lo escrito y a fines del verano encontré al fin a mi editor donde menos lo esperaba: en Miami, adonde ambos habíamos ido a ver un espectáculo escrito, producido e interpretado por amigos comunes. Cuando a finales de ese año el libro fue aprobado por Anaya, prometí que tiraría el contenido de la maleta en cuanto terminara de escribir las conclusiones y un capítulo especial que quería agregar al final. A pesar de que para eso no necesitaba volver a ver aquellas cintas estropeadas con el paso del tiempo, prolongué un poco más su presencia en mi casa. Más tarde negocié conmigo misma otra amnistía asegurando que lo haría cuando ya viera el libro maquetado y firmara contrato. La última prórroga caducaba cuando ya lo tuviera en mis manos: ayer.

Aunque sé que no valen, que están grabadas por un niño al que más de una vez se le olvidó parar o reanudar la grabación a tiempo y que los años las han maltratado, sé también que es muy difícil encontrar vídeos de los resúmenes diarios de las primeras ediciones y eso hace de mis cintas mi tesoro. Por eso ayer, más que alegrarme por mi recién nacido libro, me puse triste por mis viejas cintas. Porque allí están Pepe y Dayron batallando por liberar a un cerdito curioso de un comedero de hojalata y curar las heridas de su cuello, junto a Íñigo e Iván que observan a Ismael mientras este socorre a cuanto bicho está a punto de ahogarse en la piscina. Y está Emilio, con su diadema y su pajarita inventándose escenas para jugar a pínficos y clávicos con sus compañeros de GH 2. Y el Jorge Berrocal divertido y bromista. Y está Raquel Morillas en su faceta tímida llorando en el Confesionario por no hallar su lugar. Y Juanjo, resumiendo la historia del Quijote en dos líneas para Diana. Y Marta de confidencias con Alonso. Y la Ainhoa más tierna, la que no grita, hablándole a Vanessa de sus seis hermanitos. Y el Nacho más conciliador. Y el humor de Jesús. Y Koldo hablando de literatura. Y Patricia confiándole a Óscar historias de un amor imposible. Y la amistad de Desi con Inma y con Judith. Y está el Miguel de antes de la suite, que alegraba la casa con su gracia gitana. Y Sabrina escribiendo letra a letra sus cuitas de amor en la mano de Mari bajo una toalla amarilla. Y están Kiko y Javito riendo a carcajadas después de secuestrar una vez más al conejito blanco de peluche de Óscar. Y Pedro compartiendo un antiguo dolor con Gustavo y Matías. Y tantas cosas más. Todas esas pequeñas historias, que muchas veces no llegaron ni a vídeos de las galas, eran las que guardaba mi maleta roja y que yo había prometido tirar ayer.

Esta mañana, después de curiosear un poquito entre las cintas que iba a tirar, cerré la cremallera y decreté su indulto permanente. Casi seguro que nunca más volverán a estar en “play”, pero ahí se quedan, en mi maleta roja, aunque el libro para el que se grabaron sea ya una realidad.

SIN CENSURA EN CASA

Cuando se estrenó Gran Hermano en Holanda, el 16 de septiembre de 1999, yo todavía estaba del lado de allá del Océano Atlántico, donde la información que manejábamos quienes nos dedicábamos a la televisión giraba alrededor de las telenovelas que hacíamos y las series norteamericanas que veíamos, de modo que en aquel momento, mientras en Europa medio mundo cargaba contra el recién creado programa, allá no nos llegaron ni los ecos.

El 4 de diciembre de ese año desembarqué, por séptima vez en mi vida, en Barajas, esta vez con la intención de quedarme. Traía conmigo a mi hijo de doce años, cuatro maletas, y unos visados de turistas que vencían 60 días más tarde. Un par de meses después de nuestra llegada vimos en la tele unas imágenes del GH holandés. Recuerdo con total nitidez que la información se refería al escándalo provocado por un programa donde podía verse cómo la gente se duchaba, usaba el wáter, peleaba y tenía sexo. La nota terminaba comentando que España había comprado el formato. Mi hijo, después de seguir atentamente la noticia, se volvió y me dijo “Esa vaina no vamos a verla ¿no?”. “Ni muertos”, le contesté. Y de inmediato olvidamos el tema.

La censura televisiva en mi casa había comenzado en Venezuela, donde viví por más de seis años cuando salí de Cuba. Recuerdo la carita de mi hijo cuando llegó y lo primero que se encontró en la tele fue una promo de una película de la saga de Chucky, que estaban anunciando para el domingo en la tarde. Ahí mismo me puse en modo madre y le expliqué que ciertas cosas no había que verlas a su edad. “Ni sexo ni violencia”, le dije, y negocié la prohibición ofreciéndole, a cambio, un equipo de vídeo con una buena colección de películas infantiles. Debí sonar muy convincente, porque no solo no intentó saltarse la censura, sino que cada vez que salía una promo de aquellas, él le explicaba, a quien estuviera presente, por qué en casa no se veía todo lo que emitían por la tele y mucho menos si contenía “sexo o violencia”, a pesar de que a esa edad el sexo para él no era una categoría muy clara.

Lo que no nos podíamos imaginar ninguno de los dos es que unos días después de haber oído hablar por primera vez de Gran Hermano, iba a llamarme Pilar Blasco  para ofrecerme la coordinación de guion del programa. En mi libro he contado con detalles cómo fueron esos primeros días, mientras se echaba a andar todo. A pesar de que mi cabeza era un caos porque no conseguía comprender qué se esperaba de mí, pude darme cuenta de que aquello no era como lo pintaban sus detractores, que había muchas maneras de hacerlo y de “leerlo”, y que definitivamente Gran Hermano era mucho más que un programa donde la gente se dejaba grabar mientras se daban gritos, tenían sexo o usaban el retrete. Cuando empezamos, el 23 de abril de 2000, yo ya sabía que alguna vez escribiría sobre aquella experiencia. Como debía trabajar de madrugada y dormir por el día, no tuve más remedio que encargarle a mi hijo que me grabara el resumen de cada tarde para ir guardando información. En las noches, mientras cenábamos, el me comentaba el programa que yo misma había hecho la noche antes, y los miércoles, cuando veíamos juntos las galas, conversábamos sobre lo que ocurría en la casa, hablábamos de los comportamientos, los sentimientos, las emociones… Sin darnos cuenta Gran Hermano se convirtió en una fuente inagotable de temas relacionados con la conducta, con la ética y con las relaciones humanas, y en un puente que facilitaba las conversaciones sobre esas cuestiones que a los padres a veces nos resulta tan complicado abordar.

Algunas de las frases que más se repiten, sobre todo entre quienes no ven Gran Hermano, son que el programa saca lo peor de cada uno y que es dañino para quienes lo ven. Ninguna de las dos cosas es verdad. La primera porque, broncas aparte, también hemos sido testigos de amistades y amores sinceros, de gestos de generosidad conmovedores, y de voluntad de entendimiento entre personas que se han apoyado aun sabiendo que competían por un mismo objetivo. Seguramente las peleas son más recordadas porque hacen más ruido, pero me atrevería a asegurar que, salvo en un par de ediciones, ha habido siempre mucho más de nobleza que de vileza en esa casa. En cuanto a lo segundo, tampoco lo comparto. Mi hijo ya tiene 24 años, ha pasado muchas noches en Guadalix, donde descubrió su vocación de editor sentado junto a mí en el AVID, desde GH 9 ha trabajado en el programa, es solidario y cariñoso, nunca, ni allí ni fuera, le ha levantado la voz a nadie, y quienes le han visto crecer, entre realities de todo tipo, pueden dar fe de que nada de lo que ha visto le ha hecho ningún daño ni a su cabeza ni a su corazón.

Hoy, doce años después de haber levantado la censura en mi casa, no tengo ni una sola razón para arrepentirme. Mi hijo y Gran Hermano, las dos cosas a las que más tiempo y más amor le he dedicado en estos años, no han sido nunca incompatibles y si algo le agradezco al programa, aparte de las satisfacciones profesionales, son esas veces en que reí o me emocioné junto a Carlos y ese espacio de diálogo sobre la vida y las relaciones humanas que me facilitó y que, de otra manera, quién sabe cuánto me hubiera costado encontrar.

FOTOS EN LAS PAREDES

Hace apenas unos días, en el recién estrenado Facebook que abrí con el mismo título de mi libro (Diez años en Gran Hermano: Diario de una guionista) publiqué una foto del AVID 1, el lugar donde me senté desde GH 2[1], a hacer los resúmenes diarios de cada edición de Gran Hermano, y la acompañé de una nota donde contaba que había tomado esa foto en mi último día de trabajo en GH que, por más señas, había sido el último día de El Reencuentro.  La segunda foto de las dos únicas que hice ese día es la que acompaña esta entrada. Esa pared con las imágenes de los veintiocho concursantes de esa edición especial era lo que tenía frente a mí cada vez que levantaba la vista de las pantallas del AVID.

Entre la infinidad de tareas que tiene producción el día de la primera gala, hay un ritual que se repite cada año. Unos minutos antes de que empiecen a llegar los coches con los concursantes, cuando ya todo el mundo está en su sitio esperando la cuenta atrás, empiezan a aparecer los chicos de producción con sus rollos de cinta adhesiva pegando fotos por todas partes: en la sala de Control, en sonido, en el Confe, en cada una de las salas de edición, en la oficina de prime time, en la de guion de pruebas, en la del Debate, en producción y en documentación, para que todo el mundo conozca lo que ha sido el secreto para la mayoría hasta ese momento: la identidad de los concursantes. La única sala donde durante años se rompía un poco ese ritual era el AVID 1. Como me gusta que las cosas tengan un sentido, siempre he preferido colocar las fotos de izquierda a derecha en el orden en que los concursantes entraban a la casa, de manera que producción siempre me dejó mi juego de fotos bajo el teclado y el rollo de cinta sobre la mesa. Al terminar la gala yo misma las pegaba en dos filas: una de chicas y otra de chicos, siguiendo el orden en el que habían entrado y cuidando siempre de dejar un espacio libre a la derecha para ir agregando a los que se incorporaran después. En el Reencuentro, aunque venían por parejas, hice lo mismo: coloqué a uno de cada pareja en la fila superior y a otro en la inferior y así una pareja a continuación de otra: Piero y Melania, Raquel y Noemí, Ainhoa y Nico, Nacho y Desi, Bea y Nicky, y Arturo e Indira. Tres días antes, cuando me habían llamado a Roma donde había ido a visitar la casa de Grande Fratello en Cinecittà, para decirme que volviera de mis vacaciones y contarme de qué iba esta edición especial, se hablaba solo de seis parejas y dos semanas, así que ese martes 3 de febrero de 2010 no me preocupé por el poco espacio a la derecha y me dediqué a disfrutar de ese paraíso para fans que era El Reencuentro.

Cuando, aún sin terminar esa primera semana, escuché que entrarían dos parejas más en la gala del martes 9, comprobé con alivio que aún había espacio en mi pared para poner las fotos de Pepe, Raquel, Inma y Beatriz. Nada nos hacía pensar entonces que el tiempo previsto inicialmente para el programa se multiplicaría por cuatro y la cifra de participantes se incrementaría hasta 28. El martes 16, cuando llegaron cuatro nuevos concursantes, me quedé mirando la pared donde ya no había sitio. Alguien me sugirió que quitara a los que ya no estaban, pero me negué. Por alguna razón, en todas partes donde se hace Gran Hermano, cada vez que un concursante se va, alguien dibuja una “X” gigante sobre su foto o la quita de la pared. Aunque puedo entender el gesto, como entiendo que alguien tache o arranque las hojas de un calendario, nunca me gustó que se arrancara o se tachara la foto de nadie, porque me parecía como querer  borrar su paso por el programa o anular lo vivido allí dentro, así que cuando alguien hizo una “X” en mi ausencia, quité la foto tachada y la sustituí por otra acabadita de imprimir (después de decir un par de improperios contra el autor de la “X”, todo sea dicho). Con el tiempo y tres o cuatro cabreos conseguí que nadie se acercara con un rotulador a las fotos del AVID 1 y llegué a cada final con las imágenes intactas. Como esta vez no iba a ser diferente, resolví el problema caminando sobre decenas de cables en el estrecho espacio tras la mesa y, aunque esa incorporación por la izquierda rompiera mi orden lógico, pegué allí las fotos de Chiqui, Ana, Amor y Andalla.

Pero los días pasaron, y salió Bea el 19 y llegó Cristal el 24 para ocupar su lugar. Colocar su foto fue muy sencillo y muy grato. Lo hice mientras ella aguardaba su momento para entrar y la puse en la columna de Bea y Nicky, ilusionada con la idea de verla concursar, ahora muchísimo más madura, con el que había sido su mayor rival en GH 6. Desafortunadamente los dos tuvieron que marcharse esa noche. Pero su foto se quedó allí, por la nostalgia de lo que hubiera podido ser y no fue. Luego, en la gala del día 2 de marzo, cuando todos creíamos que ya nada podía sorprendernos, Jorge y María José se encontraron en la Sala de Expulsiones y entraron a la casa. Sus fotos, que coloqué en la tercera fila, que había inaugurado Cristal, las ubiqué en el centro. No podía haber encontrado mejor lugar. Una semana después llegaron Maruski, Dani, Gema y Orlando. Y la tercera fila creció hacia la izquierda. Nadie podía imaginar que dos días más tarde se marcharía María José. Cuando entró Silvia, en la gala del 16 de marzo, a solo dos semanas de la final, la puse a la derecha de Cristal y caí en cuenta que estaba compartiendo columna con Indhira, de quien la separaban diez ediciones y a quien la unía habernos regalado una historia de amor en la casa y haber contado con la simpatía de gran parte del público.

Y así, como se ve en esta foto, se veía la pared del AVID 1 el martes 30 de marzo, ocho semanas después de haber comenzado el programa, pocas horas antes de una final que volvería a ganar Pepe y diez días antes de mi propia salida de Zeppelin. Una pared con veintiocho fotos sin tachaduras, como recién pegadas por los chicos de producción. En siete o en catorce días (aún no se sabe con certeza absoluta) volverá a repetirse el ritual. Hoy, lo único que deseo a mis compañeros de entonces y a los que se han sumado luego, es que alguna vez vuelvan a tener enfrente un lujo de pared como aquella.


[1] GH 1 lo hicimos en Soto del Real. A partir de GH 2 todas las ediciones se han hecho en Guadalix de la Sierra).

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